Cuento de Navidad: El Hombre de hojalata
Sé que tengo tiempo sin compartir, sin escribir, pero dentro de mis propósitos para este recién estrenado año está la reactivación de la página y generar contenido en lo que me encanta: cuentos y temas de Literatura Infantil y Juvenil, así como de Promoción de la Lectura y la Escritura.
Para iniciar comparto con ustedes este cuento que escribí aplicando una de las técnicas de Gianni Rodari.
EL HOMBRE DE HOJALATA
El Hombre de hojalata estaba un poco triste, tenía años y años solo en aquel lugar, aunque tenía a la mano su jarrita de aceite para lubricar de vez en cuando sus casi oxidadas coyunturas, lo que le apretaba el latón de su pecho era que no tenía corazón. Escuchaba a los otros seres que deambulaban por aquellos parajes y reconocía aquel sonido particular que salía del pecho. Pero del suyo, de su pecho, el único sonido que escuchaba, era el del viento que se colaba por las hendiduras de sus partes, pero ningún tuc, tuc, tuc.
Una noche en la que contemplaba el cielo, como hacía casi todas las noches, se fijó que la luna estaba más brillante, y las estrellas estaban como de fiesta, todas vestidas con sus galas más brillantes, cuando de repente todas abrieron paso a una estrella enorme de larga cola, de más espléndida hermosura. Su embeleso fue roto cuando el destello de aquella estrella de larga cola se reflejó en su lata, y su paso por el firmamento a través de las demás estrellas retumbó en su pecho, lo hizo de tal manera, que escuchó un leve tuc, tuc. La emoción lo embargó y tomó sus 22 latas de aceite, su jarrita y partió siguiendo el rumbo que iba marcando en el cielo la cola de tan radiante astro.
Noche tras noche seguía su rastro, cuando su cola rozaba la tierra retumbaba algo dentro de él y escuchaba el tuc, tuc, tuc que tanto anhelaba. Pero la estrella no paraba, ni él tampoco, había recorrido muchos kilómetros tras su rastro, había conocido muchos países, había huido de las miradas de unos, de las armas de otros, pues él era mucho más difícil de entender que aquella extraña estrella de larga cola, que parecía golpear la tierra.
Pasaron días, y meses, sin que ambos dejasen de recorrer caminos. Hasta aquella noche de tantas estrellas que el cielo parecía de plata. No había espacio para la luna pero la estrella que lo había llevado hasta allá coronaba el cielo. Estaba tan cerca de la tierra que no solo su pecho sonaba tuc, tuc, tuc, sino que todo él resonaba, vibraba. Se asió a su cola, voló un rato por lo bóveda celeste y al contemplar la tierra observó, que no solo él había seguido la estrella.
Tres hombres, uno tras otro, estupendamente vestidos seguían el rumbo que ella les marcaba. A lo lejos pastores con sus rebaños, ovejas, hombres sencillos y solos, y él, que ahora iba colgado y resonaba, no como campana, porque en su interior estaba vacío. Pero cuando el viento, a esa altura, a esa velocidad, se colaba por sus ranuras producía una canción celestial.
Entonces, sólo entonces, el hombre de hojalata comprendió a dónde lo había llevado la estrella. No comprendía cómo esto era posible, de este nacimiento se hablaba desde hace muchos, muchos años. Todos llevaban regalos al niño que yacía en el pesebre. Unos quesos, otros panes, unas flores, otras ovejas, unos oro, incienso y mirra. El hombre de hojalata, no sólo tenía su interior vacío sino también las manos vacías, sintió que su lata, lisa y brillante, se arrugaba de pena.
Cuando arrugado se iba, despacio y acongojado, luego de meses de camino, y un viaje en cola de estrella, sintió una mirada. Se detuvo. Volteó lentamente y sus ojos se encontraron con los del pequeño, y sintió una voz que le decía: “mira a tu alrededor, la luz que todos disfrutan la reflejas tú, ese fue el regalo que me trajiste”. Ambos sonrieron, y el hombre de hojalata volvió sobre sus pasos y a un costado del pesebre se posó, él era todo luz y esplendor.
Cuentan, o al menos a mí me contaron, que después que todos se fueron María y José tomaron al pequeño Jesús y lo colocaron en los brazos del hombre de hojalata, su interior hacia tuc, tuc, tuc. Dos minutos y medios después, ya supo que era lo que tenía para ofrecer. Emprendió el camino de regreso, días y meses con una sonrisa el peregrino, sus laticas de aceite y el tuc, tuc, tuc, que le regaló el niño en un portal de Belén.
Jenny Fraile
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